El obstáculo invisible

Al cerrar la oficina el viernes por la noche solo pensaba en llegar a casa, cenar con mi pareja, ducharme y perdernos juntos entre las sábanas. Apagué el ordenador de mi escritorio con más energía que de costumbre debido a las ganas de terminar aquel día estresante. Al otro lado de la ventana de mi silla reinaba la oscuridad. Como el coche estaba en el taller y a esa hora no pasaba ningún bus urbano, tenía que recorrer los dos quilómetros que me separaban de mi hogar a pie. En el parte meteorológico no dieron lluvia, con lo cual pasearía por las entrañas de la ciudad sin ningún tipo de preocupación por el clima. Fiché al salir de la planta de la empresa y tomé el ascensor. Al llegar al vestíbulo, las palmeras de la entrada llevaban un tupé que las farolas de la acera resaltaban dando como resultado un naranja espectral.

Soplaba viento.

La puerta corredera automática de la salida dejaba pasar un hilo helado a recepción. Antes de averiguar cómo era el aire al otro lado del cristal, me abroché bien la gabardina, me enrollé la bufanda hasta la altura de la nariz y, con las manos cobijadas en los bolsillos, inicié el camino de vuelta a casa. Los vidrios se movieron hacia izquierda y derecha cuando el detector de movimiento notó que quería cruzar el umbral que separaba la calidez de la oficina con los fríos silbidos de la calle. La embestida de bienvenida que me golpeó al dar los primeros pasos me recordó la hilera de hienas famélicas que aspiraban al puesto que ostento ahora. Para lograr este trabajo no dejé que nadie me lo impidiera. El viento cortante que me iba a acompañar en el trayecto de vuelta a mi morada no sería una excepción. Con determinación en la mirada fui avanzando. Algunas cuchillas invisibles rozaban mis mejillas, bajando, roce a roce, la temperatura de mi cara. Antes de cruzar a la otra acera, miré si pasaban coches por aquel cruce sin semáforos. Nada. Los que vi dormían junto al bordillo. Al dejar la sombra de la manzana donde trabajaba, una bofetada ventosa intentó que perdiera el equilibrio. Me mantuve firme y continué hacia adelante.

Las embestidas de la ventolera que reinaba en aquella penumbra no descansaron. La variabilidad de la dirección de las ráfagas que iban impactando contra mi cuerpo era como los jefes que he ido teniendo a lo largo de mi vida laboral. Feroces, suaves e impredecibles. Estaba acostumbrado a adaptarme a distintos ritmos. Lo único que me inquietaba eran los lamentos en la oscuridad que no me abandonaban. Sentí como si, en lugar de pasear por bloques de pisos, estuviera pisando un cementerio repleto de almas en pena que atormentan a los mortales. Daba escalofríos.

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La locura en los conciertos

La locura en los conciertos puede manifestarse de varias formas y sonidos. De esta paleta de colores brillan dos puntos en medio de la oscuridad que rodea al público. Me refiero a griteríos amenazantes y codazos que sobrevuelan rostros, dispositivos móviles y cámaras fotográficas. Desde antes de la entrada de un recinto en el que se va a celebrar un recital musical el oído se habitúa a escuchar a compañeros y compañeras de aficiones tararear un sinfín de temas musicales por boca de los asistentes, lo cual nos envuelve en harmonía por compartir esa pasión que une a los espectadores de este tipo de eventos. La voz de la gente no siempre se usa para este fin porque, ya sea por A o por I, uno o varios individuos discuten entre ellos esparciendo una nube de negatividad que puede estallarle a uno en la cara.

El alcohol o la imbecilidad ayudan a sustraer este odio acumulado para esparcirlo allá donde estalle. Si bien este tipo de situación en la calle puede pasar inadvertida por los viandantes, dentro de un concierto molesta. Este tipo de celebraciones suelen darse en espacios repletos de personas y olores densos. Al añadir a la fórmula a individuos agresivos, uno abandona espiritualmente el goce fruto del repertorio musical de ese momento para adentrarse en el griterío al que han invitado. La única solución plausible a estas situaciones desagradables es deslizarse entre los cuerpos que se mueven al son de la música alejándose centímetro a centímetro de la tormenta acústica que tropieza con nuestra posición. Grandes dosis de paciencia apaciguan el mal rato.

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La camisa mutante

En los hologramas de la ciudad llevaban semanas anunciando la gran inauguración de la nueva tienda de ropa de Hoamd con el estreno planetario de su producto estrella: la línea de camisas Adaptatus. Este producto estaba arrasando en La Tierra mientras que aquí, en las colonias de Marte, nos llegaban migajas de la nueva ola tecnológica de la humanidad. Mi chico, Tiago, saltaba de alegría cada vez que veía proyecciones en tres dimensiones del invento del siglo. Esta prenda de vestir la habían confeccionado con un mineral procedente de un exoplaneta que se adaptaba al clima, el espacio que ocupara y el grosor que necesitara. El año pasado un científico ideó aplicarlo al sector textil logrando así crear un tipo de camisa preparada para cambiar de aspecto según las necesidades del usuario. La comunicación entre ambos se consigue mediante un chip inteligente que te inyectan en el corriente sanguíneo para después acomodarse en el córtex cerebral donde emite una señal que solo lee otro idéntico que va incorporado en la prenda más revolucionaria del siglo XXXI.

Aunque sea el artículo más deseado, su precio elevado reduce el número de compradores a una cuarta parte de la población humana a excepción de los trabajadores de Hoamd y los beneficiarios de las escasas promociones estelares que la empresa realiza. A mí personalmente no me interesa que me introduzcan un objeto eléctrico en el cerebro por muy de moda que esté. El entusiasmo de Tiago me ha convertido en una experta en la materia, con lo cual conozco al detalle los requisitos para obtener esta pieza de ropa sin tener que gastarse ni un digicéntimo. Esta tarde es el gran día. La espectacular inauguración de la tienda de los sueños de mi novio. Por mucho que me repugne asistir al evento, le acompañaré porque el amor nos lleva a lugares insospechados. Quién sabe por qué. Para que le regalen este gran invento textil, Tiago tiene que intercambiarlo por todas las camisas que posea así como chaquetas, chalecos y camisetas tanto si son de invierno como de verano. En la oferta en la que participa arguyen que una vez una persona pruebe esta prenda fabulosa no se necesita ninguna otra más propia de hace mil años que de los tiempos modernos que corren.

—Mira, Nyssa. Faltan cuatro horas y la cola ocupa media manzana.

—Ya veo. Todos los que quieren una camisa mutante llevan quilos de ropa encima. Podrían vestir a un pueblo entero con ella.

—Bueno, recientemente he leído que Hoamd Corporation enviará drones espaciales cargados con su nuevo producto a colonias recónditas del Sistema Solar en las que escasea una vestimenta adecuada.

—¿Y no necesitan torres de radiofrecuencia para que funcionen los chips?

—Seguramente, las instalarán.

—No lo veo claro, Tiago. Gastar tantos recursos por una camisa que acaba de salir al mercado es muy precipitado. ¿Cómo saben si las zonas donde irán los drones les darán la bienvenida?

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Cómo limpiar los cristales de las gafas

El mundo a través de los cristales de las gafas suele aparecer nítido, transparente y sin ninguna imperfección adicional. Esta harmonía se mantiene intacta hasta que las lentes, como todos los objetos que nos rodean, empiezan a distorsionarse. Un diminuto punto en la superficie lisa de las dos pantallas que mejoran la visión de muchos se transforma en una llanura con bultos que tapan fragmentos del horizonte. Llegan sin que sean percibidos por el ojo humano, se multiplican, se acumulan y, si no se actúa a tiempo, crean una cortina que emborrona la realidad. Combatirlos a diario es la misión de toda persona con anteojos. La primera aliada en esta lucha milenaria es la luz. Al despojar las lentes de la cabeza es preciso sujetarlas por las patillas cuidadosamente para, posteriormente, enfocarlas hacia un haz luminoso que señalará a los responsables de estas manchas minúsculas que impiden ver lo que está delante.

Motas de polvo.

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El mando

La vida es como un videojuego. Avanzas hasta que te alcanza la pantalla de fin de la partida. Jorge conoció esta certeza después de pasar eternas horas pulsando los botones del mando de su videoconsola. No dejaba que nadie tocara su objeto de deseo. Lo limpiaba a diario con un trapo suave, repasaba con la yema de sus dedos el tacto y la eficacia de cada botón para que no le fallaran al arrancar una partida y procuraba no golpearlo cuando se atascaba en el juego. La relación entre ambos era tan estrecha que conocía cada milímetro de la superficie del mecanismo que le permitía que los personajes de la historia se movieran a su voluntad solo con acariciar puntos concretos. A pesar de los cayos que iban acampando en las manos, Jorge no dejaba de pulsar de forma frenética las prominencias de su amado compañero de aventuras.

El chico pasaba un mínimo de ocho horas diarias junto a su escudero en las batallas, con lo cual convirtió su afición en una adicción que le hacía sentirse libre. Entraba en la tienda donde conoció a su inseparable amigo con cable, escudriñaba los títulos que pudieran seducirle y escogía uno. No le importaba si era la última novedad del mercado o si se trataba de una antigualla difícil de encontrar. Siempre que exprimía el jugo de un videojuego, conseguía otro con el que crecer por dentro sin que la experiencia del mundo digital se superpusiera con la realidad. Esta rutina la rompió al divisar encima de una vitrina de cristal la nueva entrega de la saga de lucha con la que más horas había compartido su tiempo. Chikara no senshi 3: El duelo final. La portada era hermosa. El título del videojuego aparecía en el centro en letras llameantes. El resto del rectángulo estaba ocupado por los dos artistas marciales que se enfrentaban en cada entrega. Uno a la derecha y el otro a la izquierda intercambiaba puños cubiertos por vendas que tapaban las heridas de sus incontables peleas. Los ojos de Jorge brillaron con el mismo fuego que arde al toparnos con la mirada de la persona de la que nos enamoramos al instante. Él debía de poseer el nuevo Chikara no senshi. Juntos pasarían incontables tardes junto al eterno compañero del muchacho que serviría como enlace entre el jugador y su nuevo flechazo. Seguir leyendo

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Propósitos de Año Nuevo

Quien más quien menos se marca propósitos en Año Nuevo para cumplirlos en el transcurso de los 365 días previos a la nueva lista de objetivos a materializar en la vida. Algunos son firmes convicciones que con constancia, perseverancia y suerte se logran mientras que otros se convierten en burbujas de jabón que estallan tan pronto como se verbalizan. Al cambiar de año en el calendario, claramente, existe una voluntad de mirarnos por dentro para preguntarnos si nos queda algún paso que dar hacia ese sueño, meta o finalidad que dé un sentido más profundo a nuestra existencia. Por otro lado, esa determinación puede enfocarse hacia objetivos más terrenales como la santa trinidad del nuevo año: salud, dinero y amor. Sea como fuere, doce meses después la culminación de esa convicción el resultado no siempre es el que se espera. El último segundo del calendario puede caer sobre nosotros como una jarra de despropósitos de año viejo.

Para no perder la determinación de conseguir ese deseo inalcanzable que arde en nuestras entrañas, no hay que cejar en ello. La lucha constante por construir las bases de lo que queremos lograr no hay que acotarla en un año concreto porque por mucho camino que recorramos podemos hallar un callejón sin salida y volver a la casilla inicial. Al reencontrarnos en ese punto, se reintenta de otra forma hasta agotar los senderos posibles que pueden llevar al objetivo marcado. Por ejemplo, si una persona se marca como meta ponerse en forma yendo a correr, no debe de encerrarse en que solo tiene trescientos sesenta y cinco días para dicho cometido, ya que el transcurso de su entrenamiento dependerá de sus ganas por superarse a sí mismo en cada sesión, de su estado físico y de saber escuchar al cuerpo cuando este llega a sus límites. ¿Alcanzará su propósito de Año Nuevo con éxito antes del día de San Silvestre o se dejará llevar por pensamientos negativos que le impidan confiar en sus posibilidades? Es su elección. Solo depende de él o ella. Tanto si se cumple como si no, el tiempo para realizarlo es más longevo y, en ocasiones, más breve que doce meses.

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El Bombas

Hacía dos años que no nos veíamos aunque nos escribíamos a menudo. Aquella tarde quedamos delante del café Esmeralda de Terrabona como tantas veces lo habíamos hecho al finalizar las épocas de exámenes de la facultad. Cuando estábamos concretando la hora y el lugar del reencuentro, Jero nos comentó que iría acompañado de un amigo suyo de Bellamar. Jacobo. Nos lo dibujó como un chico alegre que, según él, siempre está de guasa. Eran las cuatro de la tarde. Al salir de la boca de la estación del ferrocarril del centro de la ciudad me sorprendió ver menos turistas de lo habitual para estar a principios de mayo. Mejor para nosotros. Menos gente por la calle. Las terrazas por las que crucé, en cambio, estaban abarrotadas de clientes que estaban terminando de comer o levantándose de las sillas para irse a otra parte. En el ancho de acera que quedaba libre comprobé que la fauna urbana que suele deambular por aquella manzana continúa en el mismo sitio de siempre: transeúntes, agentes de la ley, encuestadores y alguna persona pidiendo ayuda para comer. Parecía que no hubieran pasado los años. Todos seguían en el mismo lugar en el que estaban la última vez que pasé por aquí. Al doblar la esquina del café Esmeralda reconocí a Martín en medio de la ingente multitud de visitantes de otras partes del mundo que, como nosotros, usan este punto de corazón de la metrópoli para reunirse. La única novedad en la vestimenta de mi amigo fueron unas gafas de sol de aviador que lucía con orgullo. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, sonreímos y nos saludamos con un fuerte abrazo.

—Me cago en la puta, ¿cómo estás, tío?

—Bien. Acabo de llegar hace un rato y nada más girarme te he visto.

—Me alegro. Jero supongo que vendrá en un rato.

—Fijo que ha perdido el tren o algo así.

—Vete tú a saber. Hoy no va solo, así que no creo que se pierda.

—Es verdad. Seremos cuatro.

—Sí. ¿Y qué te cuentas, macho?

—Poca cosa. Empecé a trabajar el mes pasado en la taquilla de un teatro de mi pueblo y ahí estamos.

—¡Felicidades Martín! Espero que sigas allí mucho tiempo.

—Bueno, está bien, pero sigo buscando trabajo de lo mío. Cuando lo encuentre, me cambio.

—Haz lo que veas mejor. Yo terminé el mes pasado un curro de camarero en un hotel que abría los fines de semana y me han dicho que ahora cuando empiece la temporada alta, me llamarán si vienen muchos turistas.

—Pues a por ello, Dioni.

—Gracias. ¿Qué plan hay para hoy?

—Ni idea. Ya cuando vengan estos dos lo decidimos. Siendo viernes, está todo abierto, así que hay donde elegir.

—También. Con lo grande que es esta ciudad no me extrañaría encontrar sitios nuevos por los que hemos pasado mil veces.

Durante la espera, continuamos poniéndonos al día de nuestros últimos hitos en la vida en estos meses que habíamos estado sin vernos. La mayoría de nuestra conversación se centró en comentar con el otro lecturas compartidas, la fascinación por esa serie de televisión que nos dejó boquiabiertos la temporada pasada o el mal estado de la política en nuestro país. Nada nuevo en el horizonte. De esa forma, pasaron los minutos sin que Jero apareciera, pero apenas nos dimos cuenta de ello. Tampoco vimos venir al entrevistador imberbe que nos abordó con una insulsa encuesta sobre qué pensamos de la venta de barras de pan en todo tipo de establecimientos. Al escuchar esa memez, miramos fijamente al tipo, que sonreía alelado esperando una respuesta inteligente, y lo despachamos rápidamente alegando que preferíamos no contestar porque llegábamos tarde a una cita urgente. Con ademán servicial, se marchó. Martín y yo nos reímos al comprobar que nuestras tácticas para deshacernos de esta clase de gente no se habían oxidado con los años. Una vez pasadas las risas del momento, vislumbramos a nuestro amigo acercándose a nuestra posición. Estaba acompañando a un invidente junto al que reía a carcajada limpia. Al girar la cabeza después de secarse el lacrimal con el dedo índice, Jero nos saludó con la mano y su típico rostro de felicidad. Después, él y su acompañante cruzaron el paso de cebra, atravesaron una terraza abarrotada y nos juntamos todos. Seguir leyendo

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